En el marco de la Semana Criolla, histórico evento realizado en Montevideo, se reaviva cada año un conflicto que persiste desde hace décadas. Colectivos animalistas y redes de defensa animal exigen cada año su prohibición.

Pero, ¿de dónde viene este conflicto?

Para entender los cuestionamientos detrás de esta práctica es valioso tener en cuenta la definición de la misma; las jineteadas son un espectáculo ecuestre categorizado en Uruguay como destreza criolla, declaradas deporte nacional por la Ley N° 17.958, promulgada el 18 de abril de 2006. Sin embargo, esta categorización fue cuestionada por la Secretaría Nacional del Deporte (SND), que indicó que las destrezas criollas no califican como deporte.
Ya en sus bases, existen incoherencias y diferencias de conceptos.

En esta práctica existen diversas modalidades, pero en todas el objetivo es demostrar el dominio del jinete sobre el caballo: quien logre mantenerse el tiempo reglamentario gana la competencia y recibe premios económicos.

Pero lo evidente es que frente a este objetivo, la situación del caballo refleja un panorama muy distinto. El animal es sometido a una situación de estrés. Según una resolución del Instituto de Bienestar Animal (INBA), las jineteadas son una actividad no deseada para los caballos.

Esta asimetría entre la experiencia del jinete y la del caballo genera un conflicto de intereses directo. Por un lado están quienes defienden estas actividades apelando a una tradición uruguaya de más de cien años; por otro, quienes exigen justicia para los animales afectados.

Estudios científicos y etológicos han demostrado que los caballos son seres sintientes, capaces de experimentar no sólo dolor físico, sino también una compleja gama de emociones y estados mentales. Por lo tanto, es comprensible que estas actividades les resulten adversas.

Es habitual ver en estos eventos caballos que caen, dejan de reaccionar o terminan heridos. No debería ser difícil aceptar que ningún individuo, humano o no, elige pasar por eso.
Quienes defienden la actividad afirman que se trata de un momento puntual de sufrimiento al año, insuficiente para afirmar que es crueldad o tortura.
Sin embargo, según Esteban Vieta, quien fue responsable de la Unidad Ecuestre de la comuna en el gobierno anterior y hoy es representante del INBA por el Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca (MGAP), se realizan al menos 600 jineteadas al año en todo el país. Cifra que podría ser mayor, ya que el Estado no regula la totalidad de estos eventos. Esto equivale a casi dos jineteadas por día, lo que desmiente la idea de que para los caballos se trata de un solo día al año.

Pero si nos basamos en las mismas declaraciones y realidades que afirman quienes crían a estos animales, vemos que la vida de estos animales gira exclusivamente en torno a esta actividad. En la jerga del medio se los conoce como «reservados»: el término alude a su resistencia a ser montados. Con el tiempo, estos caballos dejaron de ser producto de la selección natural para convertirse en el centro de una industria genética especializada.

Un caballo capaz de corcovear con fuerza y mantener un temperamento indómito es, para los productores, un modelo de negocio. Por eso se los somete a entrenamiento constante durante toda su vida. Para optimizar la genética entre generaciones, se recurre a la inseminación artificial e incluso, en establecimientos de alta tecnología, a la transferencia de embriones.
Muchos productores uruguayos viajan a Argentina para aprender técnicas avanzadas de mejora genética.

Hasta aquí, el foco ha sido la situación de los caballos.
Ahora, hablemos del significado de estos espectáculos para nuestra cultura

Las jineteadas forman parte de la tradición del país desde hace al menos 100 años, junto con otras actividades basadas en la dominación del hombre sobre el caballo. Esta dominación se ha utilizado históricamente como símbolo de supremacía sobre los demás animales e incluso sobre otros seres humanos.

Lo mismo ocurre en otros países con espectáculos que persiguen el mismo fin: demostrar el poder del ser humano sobre un animal.Las corridas de toros y los rodeos chilenos son ejemplos de esto.
Si bien existen diferencias en lo que a estas actividades respecta, el núcleo del espectáculo es el mismo: el público se entretiene observando un acto de dominación violenta.
Estudios de tendencias psicológicas han demostrado que presenciar violencia hacia animales genera, sobre todo en infancias una mayor tolerancia a la violencia.

Este debate actual, también ha llevado a distintas consecuencias en lo que al área legal respecta.

La Coordinación por la abolición de las Jineteadas en Uruguay (CAJU) realizó en 2022 un proyecto de decreto municipal, para que la Intendencia de Montevideo (IM) deje de financiar las jineteadas dentro de la semana criolla.
El mismo año, la ONG Trato ético animal (APTHEA) realizó un proyecto de decreto municipal en el que se plantea la prohibición de las jineteadas en todo el territorio de Montevideo.
Ambas peticiones fueron entregadas a la junta departamental, pero aún no fueron tratadas.

En 2024 la organización Plataforma Animalista (PA) inició una recolección de firmas como iniciativa legislativa popular, con el objetivo de superar las 150 mil rúbricas de residentes en Montevideo para habilitar a la Junta a concretar la prohibición.
Esta recaudación avanza y tuvo su pico en abril de 2025, durante la última edición de la Semana Criolla.

Existe también, la resolución N° 3/2025 del INBA la cual plantea un nuevo reglamento para «las actividades y espectáculos públicos en los que se realice monta de equinos (e híbridos, y asnos) sin domar, por parte de jinetes o cualquier otra persona.» que debe cumplirse a nivel de todo el territorio nacional.
Esta regulación, propuesta y aceptada en el gobierno de Lacalle Pou entró en vigencia el 10 de febrero de 2025 generando diversas polémicas.

La misma planteaba, entre otras cuestiones, que los caballos debían contar con médicos veterinarios pendientes de los mismos antes, durante y después de la doma, quienes a su vez debían realizar exámenes toxicológicos a los animales antes de iniciar la actividad.
Que debiera de existir un transporte con el cual los animales puedan movilizarse posterior a la competencia en caso de terminar gravemente heridos o que los palenques deberían de estar acolchados para evitar las heridas que se generan los mismos caballos frente al estrés de la situación.

Para el sector animalista, el reglamento era insuficiente, ya que no comprende sus peticiones abolicionistas y no significa que los caballos dejen de sufrir ante las jineteadas. Sin embargo, el sector entiende que ante la situación actual de los animales, esta reglamentación es preferible a nada.

En contraposición, quienes defienden esta actividad la vieron como una normativa muy exigente en algunas cuestiones y solicitaron que la misma sea revocada. Desde el momento en que entró en vigencia, la normativa generaría que al menos 20 jineteadas sean canceladas en dos días.

Como consecuencia de esto, el presidente Yamandú Orsi, en sus primeros días de mandato, postergó la vigencia del reglamento por 180 días.
Hoy, a más de un año de los hechos, sigue sin estar en vigencia.

Todas estas cuestiones, han llevado a que el movimiento por la abolición de las jineteadas vaya planteando distintas formas de lucha y se diversifique.

Este año, la petición del movimiento será que los proyectos previamente mencionados sean tratados en la junta departamental y que el reglamento de bienestar sea aplicado.

La convocatoria, al igual que la del año anterior, será realizar una marcha en las inmediaciones de la Rural del Prado. El siguiente domingo 29/3 a las 17:30 hs partiendo desde Av. Millán y Av. L.A de Herrera.

Ante esto no se han escuchado aún muchas posturas por parte de quienes defienden las jineteadas, más que un nuevo proyecto de regulación propuesto por Esteban Vieta, dónde se plantea hablar con la comunidad organizadora de las jineteadas en el interior del país para que ellos colaboren en decidir qué cuestión es relevante para el bienestar animal durante la actividad.

Esta propuesta que también fue duramente criticada, ya que la opinión personal de quienes organizan estas actividades no es imparcial hacia los animales y no incluye realmente el conocimiento que podría tener un profesional de la salud médica veterinaria.

La cultura, como demuestra la historia, no es inamovible. Como un idioma, necesita personas que la habiten y la transformen para mantenerse viva. Lo mismo aplica a tradiciones que ya no aportan nada positivo a nuestra sociedad, nuestras comunidades ni nuestras infancias.

Las culturas no mueren cuando abandonan sus tradiciones más violentas: se transforman. Uruguay dejó atrás otras prácticas que en su momento también tenían historia y defensores apasionados.

La decisión de Orsi no es un hecho aislado, es la expresión de una tensión que todavía no se ha resuelto.
Basándonos únicamente en lo dicho anteriormente y las demostraciones empíricas de estos datos, podemos entender que postergar el reglamento o ignorar la situación no es dialogar ni tratar de comprender las posturas de la ciudadanía, es seguir cediendo al peso de personalidades capaces de ejercer lobby e imponer sus ideales sobre la opinión pública.